ADIOS AL IRREVERENTE LEÓN FERRARI

Posted on 07/25/2013

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En marzo pasado viajé a Buenos Aires por varios compromisos. Por esos días se inauguraba en el Centro Cultural de la Memoria una muestra de León Ferrari y allí fui por la generosidad de una amiga, familiar del artista Gustavo “Ciruelo” Cabral, que aceptó charlar mientras recorríamos la exhibición, en el único rato que yo disponía.

Leon-Ferrari_La-civilizacion-occidental-y-cristiana

Mirábamos impactadas a todos lados, porque el Centro Cultural funciona donde estuvo la ESMA, un sitio que desconocíamos en las dos versiones.  A medida que se acercaba la hora de la inauguración se colmaban de gente los pabellones.

Gabriela Nonnis me preguntaba por qué mi interés en conocerlo. Le conté que él era uno de los sobrevivientes del movimiento Tucumán Arde, que expuso en museos de arte importantísimos como el Metropolitano de Nueva York y el Reina Sofía de Madrid, que recibió el León de Oro en la Bienal de Venecia 2007 y que una obra suya, “La civilización occidental y cristiana” presentada en el 65 en el Instituto Di Tella es referencial en el panorama plástico argentino. En ella Ferrari muestra un Cristo de santería, crucificado sobre un avión bombardero norteamericano, similar a los usados en la guerra de Vietnam, en lugar del clásico madero.

Antes y después de eso -le decía a mi amiga- Ferrari usó muchas veces imágenes del culto católico para sus obras, siempre desde una perspectiva irónica. ¿Sería porque en la desaparición de su hijo Ariel tuvo que ver algún sacerdote? nos preguntábamos. Lo ignoramos. El caso es que irritaba con sus obras y cada inauguración suya estuvo precedida y rodeada por el escándalo… pero no era esto lo llamativo de él, sino la persistencia en su mensaje, la juventud de espíritu que lo llevó a insistir con la prédica, aún pasados los noventa años.

Discurría por allí la conversación cuando el artista llegó en silla de ruedas acompañado por una asistente y por su esposa. Lo recibió un aplauso multitudinario y los camarógrafos y reporteros hicieron un círculo en torno suyo en medio de la muchedumbre. Con mi camarita me abrí paso entre ellos y me agaché para dejar ver a los que quedaban atrás.

Ferrari escuchaba las palabras encendidas de quienes se referían a su obra y observaba al público tranquilamente. A veces levantaba la mirada hacia quienes se agolpaban en las escaleras, pero seguía inmutable. “Está más allá de los halagos… Ferrari está de vuelta”, comentábamos luego Gabriela y yo.

Se prolongaba el tiempo de los elogios detrás del micrófono de los que hablaban y él seguía viendo al público. En ese itinerario de miradas en algún momento me vio agachada, allí en primera fila. Entonces le pedí “maestro, una sonrisa, por favor””. Se quedó contemplándome unos segundos -habrá pensado, qué ridícula esta mujer ahí agachada- y me regaló una amplia sonrisa, que aprovechó el fotógrafo que tenía a mi lado para disparar varias veces su cámara… Yo ya había guardado la mía. Pero la alegría de ese gesto, de quien todo lo observaba sin perturbarse, duró varios días.

He querido evocarlo en esa pequeñísima anécdota durante su última gran exposición, porque la prensa se ocupa de él desde hace unas horas, cuando se conoció la noticia de su muerte a los noventa y dos años.

Más allá del carácter de sus múltiples obras, conmueve su permanente coherencia.

Gracias por ella querido transgresor! Ana María de Mena

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