El bandoneón: nota salida en La Grieta N° 16 (Por Cacho Carucci)

Posted on 07/11/2013

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¿Por qué preguntas y preguntas Sócrates, siendo tu, tan sabio: pregunto y pregunto porque no sé nada.

Cuando el tipo pregunta y sobre la respuesta vuelve a preguntar y sigue preguntando, en muchos casos, genera molestias, tensiones, según el interlocutor.

https://www.youtube.com/watch?v=TCadSfCZqaQ

Para no exponer a la cicuta, desde el cordón me formulo algunas, sólo para empujar neuronas que por ahí deben quedar. ¿Cómo habría sonado nuestro tango si uno de los señores Band no se le hubiera ocurrido crear el bandoneón? ¿Y si al alemancito que lo trajo en su bagayo de inmigrante se le hubiese antojado traer semillas de lúpulo, un reloj cu cu, digo, herramientas o una panceta ahumada en vez de ese pichón de órgano? Vos me podés decir que si no hubiese sido ese alemancito podría haber sido Tomás Moore (el inglés), que era músico, pionero y “Tuti cuanti”, como dicen algunos hurgadores de archivos. Sí, podría, pero también podría haber transcurrido un siglo a pura flauta y mandolina. Parece que el arribo a nuestras playas fue entre 1870 y 1884 para de esa manera poner un punto de partida a la historia de ejecutantes de este complicado instrumento. ¿Por qué complicado? Porque ni los japoneses expertos en imitar y perfeccionar lograron empardar en calidad del sonido, a los bandoneones que los Band dejaron de fabricar en las primeras décadas del siglo XX.

Podemos entonces atrevernos a formular la siguiente pregunta: ¿Son los originales nacidos de las manos de los Band e la ciudad de Crefield (al oeste del Rhin) algo así como los stradivarius? (palabra creada al parecer sobre el modelo Akkordeón) compendio emancipado de un órgano de iglesia, bajó al arrabal y habitó entre nosotros, se hizo reo y al toque, en el Registro Civil de los almacenes, le colgaron motes: mandoneón, y para ser más rana y más porteño, uno como de prontuario: “fueye”

En cada barrio fue apareciendo las manos que habrían de estirarlo como nadie. Vicente Greco, Juan Maglio, Pepín, Santa Cruz, Chiape, Pedro Mafia, y los que luego surgieron y fueron superados.

Y hubo tanto Orféo y tanto Píndaro arrabalero que le prestara notas y le arrimara poesía; se sintió tan mimado cuando resoplando feliz por la calle Corrientes –La Sin Sueño-, descubrió como muchos gringos, que Buenos Aires era su patria y el tango su hermano… y se agrandó Chacarita, se fue con los Marco Polo del tango, con unos nietos de Europa a la Ciudad Luz para iniciar la conquista planetaria.

El primer homenaje fue el himno de Juan de Dios Filiberto: “Quejas de bandoneón”. Pero antes de pirarse, Pascual Contursi, radicado en París, escribe los versos para la música de “Bandoneón arrabalero” en la década del ’20. José González Castillo y Sebastián Piana crean “Bandoneón” y un clásico de Manzi y Troilo es (ponerse de pie) “Che, bandoneón”. Cadícamo, con música de cuatro autores escribió “Notas de bandoneón”, “Son cosas de bandoneón” y “A quién le puede importar”. Una de las últimas creaciones fue “Mi bandoneón y yo” de Rubén Juarez.

Acho Manzi dejó la más tierna y poética definición de esa oruga musical, de ese “fueye” cadenero del tango: “el bandoneón es un órgano de iglesia con alma requintada que siguiendo la estrella rea de su destino se escapó de una catedral disfrazado de fueye para poder ambular por la noche de la calle Corrientes. Por eso, desde que él se entreveró en el tango, las milongas adquirieron una solemnidad religiosa, y por eso cuando sus hermanos

recogen los sonidos y talla solo el bandoneón, la canción de los barrios parece un misal taura. Y por eso también Pascual Contursi, poeta de suburbios, le rezó un Padre Nuestro: “Bandoneón arrabalero”

Y como decía Carlitos ¡Salute la barra!

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