El país que se sube al tren

Posted on 07/03/2013

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Detrás del show berreta de candidaturas y rapiña por un puestito en la lista, detrás de los sospechados índices de la superestructura que pretenden sintetizar la realidad con cifras manoseadas, bien a la sombra de la batalla mediática por imponer la propaganda o la manipulación con la verdad como botín de guerra, millones de trabajadores tienen que levantarse cada mañana para salir a laburar. Sus preocupaciones no pasan por posicionarse en la lista de determinado candidato con una imagen construida por sus propios encuestadores, ni por mostrar ante la prensa obsecuente los números manoseados de una estadística que funciona como paliativo, ni mucho menos despiertan cada día pensando que su bronca pueda resultar funcional al adversario político de la gestión de turno, o que su pequeña alegría pueda resultar consecuencia directa de un modelo que les pasa por el costado.

Muy diferentes son las preocupaciones para ese sector social que genera la riqueza en nuestro país: por ejemplo, viajar. Subirse a un tren, trasladarse en un ferrocarril devastado por dos décadas consecutivas de alternado vaciamiento y desidia, de remate y abandono, de promesas olvidadas y tragedias evitables. ¿Dónde están los micrófonos de la justificación o las cámaras de la mentira cuando hay que colgarse en un vagón y viajar como ganado? ¿Quién escucha los anuncios oficiales o las propuestas opositoras cuando fallan los frenos de las formaciones? ¿Quién es capaz de leer el diario en un vagón del Roca o del Sarmiento, en ese compacto infierno de voluntades apretujadas, a las nueve de la mañana, deseando apenas llegar a destino?

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La brecha entre esos dos países se agudiza con los años, ante la indiferencia de quienes simulan no tener nada que ver con el espectáculo de un pequeño país mezquino, individualista y necio que discute por ganar porciones de poder; y ese otro país solidario, esperanzado y silencioso que trabaja y espera llegar a su casa como único premio al final de la jornada. Lo absurdo en todo caso es la impostada sorpresa que demuestran después, cuando el país que trabaja estalla de bronca, y sale a las calles, y rompe todo, y reclama de forma desorganizada, sin dirección ni programa, como en Brasil en estas últimas semanas. Ahí están los empleados de las corporaciones, sin entender nada, urdiendo conjeturas de apuro, intentando comprender algo inextricable dentro de su propia lógica, procurando capitalizar algo en medio del caos sin caer en la volteada. Ahí están los políticos del despacho y los actos públicos, procurando apagar el fuego con anuncios que suenan a estafa cuando las llamas asoman bajo sus pies, amenazantes. Ahí están los economistas del balance y del aire acondicionado, incrédulos ante el espectáculo de la bronca en las calles, sin cauce, sin dirigentes, sin partidos a la cabeza. Por eso no entienden: porque pertenecen al otro país, al pequeño país que piensa en candidaturas para los aliados y en concesiones para los amigos. Que piensa en la propaganda como herramienta informativa o en la mentira como alfil para proteger sus intereses corporativos.

La agenda de los medios seguirá marcada, a uno y otro lado de la trinchera ocasional, por las necesidades de quienes hoy controlan la vida de las personas. Pero en los suburbios de la realidad, en ese país multitudinario que camina cada día hasta la estación y se sube al tren, queda una historia por escribir; su propia historia.

Sudestada

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