León Gieco. en Tiempo Argentino, imperdible

Posted on 06/09/2013

9


Leon Gieco

“Si no hubiera un León Gieco, habría que crearlo.” La categórica frase de Mercedes Sosa aparece en el prólogo de este libro y nadie en su sano juicio podría rebatirla, sobre todo después de sumergirse en sus páginas. Porque lo que sabemos acerca de uno de los íconos populares más queridos resulta tan atractivo como aquello que no trascendió. Revelaciones íntimas, travesías inéditas, confesiones valientes, fotos de una vida entera: todo eso y mucho más es lo que invoca, para grabarlo en piedra, León Gieco. Crónica de un sueño. Y sobran razones para entender por qué su nombre se escribe con letr

Por:
Tiempo Argentino

de cañada rosquín
a plaza de mayo
(fragmento)

“Todos los gritos fuertes nacen de la soledad”

Cuando veíamos pasar los aviones, que no sé por qué llamábamos Comet 4, el espectáculo del campo se ensanchaba. Pero mi primo no los veía. Le pregunté a mi tía Nélida por qué yo podía verlos y él no, y recuerdo especialmente lo importante que me sentí cuando todos comentaron que gracias a mí se habían dado cuenta de que Hugo, mi primo, necesitaba usar anteojos. Es la misma sensación, una sensación que todavía siento cada vez que lo revivo, que tuve cuando mi viejo contó con orgullo cómo yo le había avisado que el caballo del tambero se había parado sobre un hormiguero y que las hormigas le subían por las patas.
Mis padres eran buenos conmigo, eran tipos que sabían agradecer. Pero hay cosas que todavía no puedo ni quiero entender. Por ejemplo, yo quería ir con mi viejo cuando él salía a caballo. Mi mamá me mentía, me decía que se iba a hacer la conscripción, porque a mí siempre me había llamado la atención una foto de mi viejo con uniforme, mientras hacía la colimba. Con el tiempo me di cuenta que la conscripción no duraba tanto y que mi papá se iba por ahí, pero nunca nadie me dijo por qué ni a dónde. Se iría al pueblo a jugar a las cartas y a tomar, no sé. Y volvía tarde, muy tarde. Y yo me quedaba llorando.
León es Raúl Alberto Antonio, es Raulito, es Luli. Nació el 20 de noviembre de 1951 y vive en el campo familiar gestado con el trabajo de los abuelos José y Anuncia. Allí conviven sus padres, Onildo y Elda, los tíos Adelio y Nélida, los primos Hugo y Víctor y una treintena de vacas lecheras a las que van convocando por su nombre para ser ordeñadas: la Negra, Violeta. Al pequeño campesino le parece increíble ver cómo su padre, sentado en un banquito atado a su cuerpo, va ordeñando a esas viejas conocidas que responden a sus directivas. “Bueno, Blanquita, ya está”, le dice a una de ellas, y la vaca retrocede. “Vamos, Periquita”, y la vaca se hace presente. No falla nunca. Los tarros de leche son llevados en el tambero hasta el camino por donde pasa el camión de la fábrica Bachietta a recogerlos.
Los viajes en el tambero eran mágicos: mi papá y yo solos, sin hablar, él silbando una canción y yo mirando y escuchando, en esa soledad del campo. Era un gran acontecimiento porque cada viaje era de más o menos un kilómetro pero demoraba por lo menos cuarenta minutos de ida y otros tantos de vuelta. Me encantaba. Después, mi viejo comía algo, se hacía una siesta y a la tarde volvía a ordeñar hasta que llegaba la hora de cambiarse para ir al pueblo. Había dos turnos de ordeñe. El primero era a las cinco de la mañana. El problema era que a lo mejor mi papá terminaba medio borracho a las dos de la mañana en el pueblo. Entonces, lo que hacían los amigos era subirlo al sulky, aflojaban un poco las riendas, las ataban y el caballo iba solo al campo, con él durmiendo arriba. Porque el caballo siempre vuelve a su casa. Una de esas noches, el sulky casi vuelca en una curva. Yo lo escuchaba llegar y enseguida empezar a putear porque tenía que ponerse a ordeñar.
Los Gieco han llegado a la provincia de Santa Fe desde Carignano, en la región del Piamonte, al norte de Italia, cerca de Vittone, ciudad hermanada con Cañada Rosquín. José y Anuncia tienen ocho hijos. Con el tiempo, algunos terminarán emigrando hacia el pueblo -Cañada Rosquín-, y otros a Rosario y El Trébol. Otros parientes han desembarcado en lugares diversos: Crespo (Entre Ríos), Santa Clara de la Buena Vista, San Martín de las Escobas y San Vicente, en Santa Fe, y Junín, en la provincia de Buenos Aires. La casa del campo es como una herradura: de un lado la cocina y el dormitorio, enfrente otra cocina y otro dormitorio, y en el medio un living comedor que nunca se usa. Una galería exterior, donde está la bomba manual para sacar agua, une las dos partes de la casa. Cerca hay dos olivos, donde la mamá de León lo pone a dormir la siesta bajo esa sombra que él recuerda perfecta, y donde puede cuidarlo a cierta distancia mientras ella trabaja.
Mi tío Adelio le tenía mucho miedo a las tormentas. Tenía pánico de que el viento levantara las chapas de la casa. Por eso, las dos o tres veces que se vinieron unas tormentas loquísimas, con esas nubes que avanzan como en bandada, nos quedamos sin ver ese paisaje maravilloso. Mi tío nos encerraba a todos en un cuartito donde se guardaban las latas con chorizos a la grasa (uno de los más grandes manjares que he probado en mi vida y que comía a toda hora pero especialmente en el desayuno, junto con un vaso de crema líquida con cacao) hasta que la tormenta pasara. Era como un refugio antiaéreo en el que mi primo y yo nos la pasábamos riendo porque estábamos seguros que nada malo podía suceder. Pero mi tío se moría de miedo. A lo mejor alguna vez le contaron de alguna tragedia en una noche de tormenta. No sé. Lo concreto es que mientras vivimos en el campo nunca pasó nada de eso, ni hubo inundaciones ni nada por el estilo. Tampoco les pasó nada a los vecinos (los Gosmaro, los Stieffel, los Bonino), que eran los dueños de los campos cercanos adonde llegábamos en volanta o en sulky para jugar con los pibes que vivían ahí. Siempre me gustó el campo, nunca renegué de él, al contrario. Pero creo que es porque no trabajaba, porque no tenía la responsabilidad del trabajo. Lo disfrutaba mucho y por eso recuerdo mucho esas vivencias, pero el asunto es que mi viejo y todos los otros estaban cansados de trabajar y terminaron yéndose a la ciudad. O al pueblo. Para mí era una película divertida y emocionante pero era nada más que mi realidad. El campo se fue vaciando y, con los años, vendiendo. Pero evidentemente algo de todo eso me quedó grabado en algún lugar. Además, en Cañada Rosquín, aunque era un pueblo, el contacto con el campo era permanente. Estaba ahí nomás. Al alcance de la mano.
La vida en el campo, en esos tiempos del mejor peronismo, permanece inmutable como el paisaje que le da marco. Tan lejos del neorrealismo italiano como de los movimientos pélvicos de Elvis, los días transcurren como si las fronteras del planeta fueran las del propio campo familiar. Allí, por las noches, los inmigrantes piamonteses celebran la vida con bagna caudas ardientes y canzonettas del norte de Italia y también napolitanas. Iluminados con faroles a kerosene y con los pasodobles y rancheras sonando en los acordeones y los redoblantes, los sonidos de esas noches, que continúan hasta el amanecer, son, acaso, los primeros grabados en la memoria artística de León. Hay también noches de asado, vino y taba, hombres excitados por la fiesta y el alcohol que les tocan el culo a sus cuñadas, parejas que desaparecen en la oscuridad sólo por un rato, juegos con los primos y, especialmente, con las primas…
Mis abuelos invitaban a otros abuelos del pueblo, a otras familias, hacían una bagna cauda y la ponían sobre una mesa grande con verduras crudas y cocidas para mojar en la salsa. Después de comer, se ponían a cantar canciones italianas, y me acuerdo de lo bien que lo hacían. Mi mamá me sentaba en una sillita alta de comer en la que yo ya quedaba un poco grande, y me ponía un platito para que también comiera mi bagna cauda. De los que venían de visita me acuerdo especialmente de un tal Marul, que terminó tirándose debajo de un tren. Incluso años después, cuando veía a mis abuelos paternos, siempre les pedía que cantaran, porque me gustaba escucharlos. Mucho de lo itálico entró en mi vida por la música.
Durante el día, brilla como un sol Amelia, la única maestra del único curso en el que conviven pequeños balbuceantes como León y semipúberes a punto de abandonar para siempre todas sus virginidades. La típica escuela de campo tiene el techo a dos aguas, chapas pintadas de rojo, un mástil como debe ser y un impresionante marco de árboles frondosos.
Amelia era muy joven y muy hermosa. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Y como sabía que yo quería ir a la escuela, aunque todavía no tenía edad, ella misma pasaba con el auto desde Cañada Rosquín a buscarnos a mi primo y a mí. No sólo me enseñaba, sino que me daba mucha participación, me tenía una consideración especial porque era el más chiquito de todos. Una vez me hicieron aprender una poesía para un 25 de mayo, en un momento me olvidé la letra y en pleno acto le pregunté a mi mamá: “¿Cómo sigue, mami?”. Todos se rieron con calidez, pero mi vieja tampoco se acordaba. Me dio mucha vergüenza y fui corriendo avergonzado a abrazarla, y ella me dijo: “No llores, no seas tonto”, como para restarle importancia al asunto. Era muy lindo ver a todos los sulkys estacionados frente a la escuela. Y aunque no recuerdo muy bien, estoy seguro que los recreos allí deben haber sido impresionantes, en ese ambiente natural, en el centro más aislado del Universo, con todo ese silencio y esa paz. Todavía hoy, cuando de vez en cuando voy de visita al campo que era de la familia, y que se convirtió en una enorme plantación de soja sin ninguna de las viejas construcciones, me acerco a la escuelita, que es apenas una casita perdida y deshabitada en medio de un campo que parece no tener dueño. Y me pongo a escuchar el silencio del lugar. Es una de las músicas más maravillosas del mundo. Entonces pienso en los chicos que nacen y se crían en la ciudad, con todos sus ruidos, y llego a la conclusión que necesariamente hay una gran diferencia en lo que perciben sus oídos y los de un chico nacido en el campo, con ese silencio capaz de producir tanto una apertura mental como una percepción holofónica de los sonidos.
El amor de León por el campo no es exactamente el amor por el lugar donde ve crecer sus propias dudas y certezas. De hecho, lo que verdaderamente excita esos días de tranquilidad y profunda felicidad sin motivo aparente, son los viajes. No son frecuentes ni trascendentes en el espacio ni en el tiempo, sino una forma tímida de asomarse al mundo y una excusa para comenzar a frecuentar los caminos. Como una premonición. En esos viajes, León se asoma a un futuro apenas iluminado por las tenues luces del pueblo, la inmediatez de los campos vecinos o, con suerte, la casa campesina de los abuelos maternos -Antonio y Dominga Pautasso-  y de los tíos Rogelio y Nelly. Allí, a unos diecisiete kilómetros de casa, el abuelo Antonio tiene un criadero de nutrias, que exhibe con orgullo, desde el que parte a bordo de un viejo Ford T para descargar los cueros en Mar Chiquita y venderlos. León sigue todo el proceso con interés, se relaciona naturalmente con los animales, asiste a su sacrificio cotidiano y se conecta con ese cercano universo animal sin misterios, temores ni falsos pudores. En ese viaje constante a otros mundos, a los mundos de los otros y a sus propios mundos interiores, León hace sus primeros descubrimientos.
Todo lo que hacía mi papá estaba bien. Todo lo que decía era palabra santa. Era lo correcto. Supongo que por eso no me llamó la atención ni me impresionó ver cómo él y mi tío ayudaron a parir a una yegua cuando yo tenía tres o cuatro años. No me dio asco porque me parecía algo totalmente natural. Desde muy chiquito supe muchas cosas por el estilo. Vi cómo se acoplaban un toro y una vaca, un padrillo y una yegua, un gallo y una gallina. Me acuerdo de haberle comentado a mis padres qué diferentes eran la huasca del toro y el miembro del caballo y qué humana me parecía la forma en que lo hacían el caballo y la yegua. Muchas veces vi parir terneros o potrillitos y vi cómo los perros se juntaban. Con toda esta información y sin que mi viejo, mi vieja ni nadie me explicara nada sobre el sexo -una palabra que conocí muchos años después-  de pronto me di cuenta de que sabía casi todo y que lo que durante años había visto hacer a los animales era perfectamente asimilable a las personas. Es la típica e inexplicable sabiduría campesina. Sin que nadie dijera una palabra, sin revistas ni libros a los que recurrir para aprender estas cosas, un día supe que era mucho lo que sabía. En ese medio, no era muy difícil sacar conclusiones propias. Otro espectáculo que recuerdo es el de la llegada de un vendedor que venía en una volanta de madera una vez a la semana. Era un personaje que me encantaba. Cuando abría las dos puertas traseras, aparecía ante mí un mundo mágico lleno de papas, batatas, artículos de limpieza, tabaco suelto, paraguas, pantalones, golosinas, yerba… Un personaje absolutamente romántico al que yo iba a esperar al camino, que estaba a unos doscientos metros de la casa. Me acuerdo de la sensación que me producía asomarme a ese universo maravilloso que para mí era totalmente desconocido y fascinante. Era como un supermercado ambulante. Fue una de mis primeras aproximaciones al mundo del consumo, porque todavía no tenía la menor idea de lo que pasaba más allá del campo. Era absolutamente virgen e incontaminado. Otros viajes increíbles eran los que hacía en sulky con mi mamá hasta la casa de mis abuelos maternos. Eran unos quince kilómetros en un silencio absoluto. Me acuerdo del olor del caballo cuando empezaba a transpirar, de mi vieja siempre buscando la sombra y de que llevaba una botella de agua con limón envuelta en un trapo húmedo para mantenerla fresca. Yo pensaba que cuando me dejaba en lo de mis abuelos ella tenía que volverse sola, para mí era una preocupación porque en ese momento yo era el hombre. Y no se hablaba. No había nada de qué hablar. Era cuestión de contemplar el paisaje, oler la naturaleza, ver las liebres y las perdices que se cruzaban en el camino… Y comentarlo con un: “Uy, mirá”. Me acordaba entonces de cuando nos hacían quedar a los chicos en el auto cuando los hombres iban a cazar perdices y después volvían a la casa y las cocinaban en guiso, o en escabeche. El asunto es que cuando llegaba al campo de mis abuelos, mi mamá se quedaba un rato tomando unos mates, los caballos descansaban y en un momento ella se iba y a mí me daba miedo. Estaba la historia del croto, la del hombre de la bolsa, y yo me quedaba preocupado y con culpa, y me arrepentía de haber ido hasta ahí y de haberme quedado. A la noche mis abuelos me acostaban en una camita en su habitación y yo siempre les decía: “Si sabía no venía”. Resultó algo tan gracioso que quedó instalado en la familia, mis tíos Rogelio y Nelly me lo recordaban siempre. Tanto es así que aún hoy, con mi mujer, cuando hay una situación que no corresponde o estamos en un lugar que no parece el indicado, decimos: “Si sabía no venía”.
Como al resto de la familia, también a Onildo y compañía les llega el turno de urbanizarse. Después de muchos, demasiados años de duro trabajo en el campo, con crecientes problemas económicos, los Gieco deciden cambiar de panorama en busca de un futuro mejor. Llega el momento de hacer las valijas, desprenderse del pasado, comenzar una nueva aventura, un viaje acaso más definitivo. Es una apuesta difícil, sin garantías ni posibilidad de retractación. Un sueño del que no es sencillo despertar. Y ese es el caso. Del pueblo, de Cañada Rosquín, León por entonces sólo recuerda algunos episodios aislados. Un domingo de tracción a sangre y vestimenta ad hoc y un viaje muy particular hasta el consultorio de un médico que por poco no se convierte en una operación de hernia, por lo que tuvo que soportar durante un tiempo un braguero, y que habrá de terminar finalmente en el quirófano cincuenta años más tarde. No imagina, a los cinco años, que la vida en el pueblo se convertiría en una marca fundamental en los surcos vitales de su cerebro. No sabe que el simple trámite de la mudanza será una nueva y definitiva visita anticipada a su mayoría de edad real. Mudarse al pueblo implica dejar el campo. Dejar atrás los silencios, los árboles, la soledad, el viento franco, los pájaros sin sus jaulas. Es conectarse con un mundo hasta ese momento casi insospechado. Un mundo de atractivos supremos. Mudarse es, para los Gieco, como irse de vacaciones, algo que no ocurre desde la luna de miel de los padres de León en Río Ceballos, Córdoba. Hace ya algunos años.
Cuando me fui a vivir al pueblo añoraba el campo y siempre que había una oportunidad me iba para allá unos días y disfrutaba del paisaje y hasta del trabajo rural, que es algo que siempre me gustó. Pero en poco tiempo empecé a gozar del pueblo porque era todo un descubrimiento, era algo totalmente nuevo, un lugar que prácticamente no conocía. No conocía a los vecinos, los códigos, los trabajos. Por eso recuerdo la excitación que me provocó la llegada del camión que vino a buscar nuestras cosas al campo. Recién entonces me di cuenta de que la cosa iba en serio, que era cierto que dejábamos nuestra casa. Estaba ansioso pero tenía la tranquilidad de saber que podía volver en cualquier momento. Que mis tíos se quedaban allí y que podía retornar a ese, mi lugar, cuantas veces quisiera. Y volví. Volví muchas veces. Muchas veces. Pero nunca fue igual. En algún sentido, yo ya no era el mismo. Me acuerdo especialmente del primer día en el pueblo, de cómo me fui aventurando de a poco a salir de la casa, del olor de los bifes que mi vieja cocinó a la noche, de la sensación extraña que me producían los sonidos de la calle y las voces de los vecinos. Era un mundo nuevo y diferente del que no conocía casi nada. Por eso, cuando salía a la puerta contaba los pasos que daba y enseguida volvía. Primero fueron cinco, después diez. Así, inocentemente, empecé a conectarme con el pueblo, a despegarme de mi casa.
Los doce kilómetros que separan al campo del pueblo son mucho más que un número y una distancia. Es pasar del verde al gris, del horizonte a las paredes, del sueño eterno de la libertad a la realidad efímera de la responsabilidad cotidiana. Un universo a escala de quince cuadras de lado, unos mil quinientos habitantes y la casa de comedor, dormitorio, patio, cocina y baño compartido con los Pachiotti, la familia de al lado. Frente a la casa hay una carnicería y un taller mecánico, y a media cuadra está la panadería.  En ese mundo breve y módico, Onildo se pasea por varias actividades. Es mozo, asador, taxista, pintor. Ya no están Perón y el Estado protector. Son los años de la Revolución Libertadora, un enorme retroceso en materia social. Y el dinero comienza a escasear en serio. Elda decide instalar una peluquería pero aún no es bien visto, en 1957, que una mujer trabaje, a pesar de la necesidad. Es allí, en el pueblo, en Cañada Rosquín, donde las crisis latentes se potencian. La inmediatez del contacto y la creciente comprensión del conflicto hacen que León sea testigo involuntario y hasta insospechado juez de las disputas paternas. Para colmo, Onildo comienza a jugar compulsivamente y a beber en exceso.
A mi papá le gustaba timbear y chupar, aunque nunca fue un alcohólico violento. Pero había una gran violencia en mi casa, mis viejos se la pasaban peleando porque la plata no alcanzaba. Dependíamos de si mi viejo ganaba a las cartas o no. Para colmo, había comprado un auto viejo que se la pasaba en el taller. Me acuerdo que empecé a ir a la verdulería, a la carnicería y al mecánico para averiguar cuánta plata debíamos. Empecé a hacerme responsable por eso, porque yo era el que estaba en el medio de todo, veía cómo mi mamá buscaba plata en el bolsillo del pantalón de mi papá, era un gran descontrol. Fue en ese momento, al poco tiempo de mudarnos al pueblo, que me di cuenta de que tenía que trabajar y yo mismo me fui a ofrecer a la carnicería de Caballero. Y me tomaron. Mi trabajo, que fue el primero que tuve en mi vida, consistía en levantar los pedidos casa por casa y repartir la carne en una bicicleta que tenía un canasto en la parte de adelante. Mi mamá se levantaba a las cinco, me despertaba y me ayudaba a hacer los deberes de la escuela. Yo trabajaba desde las siete hasta las diez de la mañana todos los días y los sábados iba hasta las afueras del pueblo a limpiar las achuras para los asados del fin de semana. Cuando terminaba el mes cobraba mi sueldo y hacía la recorrida por los distintos negocios para achicar un poco las deudas. Era un placer ver cómo tachaban parte de la cuenta en la libreta de fiados. Al margen de estos problemas, mi viejo era un tipo cariñoso y jodón. Cuando era chico me sentaba en sus rodillas y me apretaba los barritos, me revisaba las orejas, por momentos estaba muy cerca de mí. En el campo, por ejemplo, me acuerdo que una de las cosas más divertidas que hacíamos era tirar piedritas al techo de chapa sin que mi mamá se diera cuenta. Ese era un juego que teníamos con mi papá y lo disfrutábamos mucho porque tirábamos las piedras y corríamos a escondernos.
Poco después de la desorientación del debut en el pueblo, León comienza a dominar esa geografía que se le antoja infinita. Y Cañada se convierte en el primer puente. Pequeño, acaso insignificante para los que habrá de cruzar con los años, pero indispensable para iniciar la travesía. En ese mundo cotidiano de leves pecados familiares, León tira la primera piedra. Al año de vida “urbana”, la realidad le reserva muchos menos secretos que a sus coetáneos de siete. Es entonces cuando una vecina algo adinerada, Matilde Raciatti, viuda de luto eterno, le ofrece un sueldo mensual a cambio de realizar algunas diligencias, compras y pagos. Entre las diez y las doce del día, y en las últimas horas de la tarde, León, que va a la escuela de 13 a 18, cumple con un segundo empleo. Y suma. Y sigue.
A los ocho años ya tenía dos trabajos. Para calmar los ánimos, cuando cobraba le daba la plata a mi mamá y ella iba tapando los agujeros. Era un pibe pero me sentía adulto: trabajaba, estudiaba, no había ningún motivo para la queja o para el castigo. No cometía errores, pero me faltó vivir más la infancia. En el campo era otra cosa porque jugaba y disfrutaba mucho de la vida, pero en el pueblo tuve una niñez muy pesada. Lo único que me reconfortaba era que la gente comentaba lo que yo hacía. Mi abuelo siempre decía: “Qué guapo es este chico”, y eso me daba energías para seguir trabajando. Y mi mamá siempre salía en mi defensa cuando mi papá me retaba por alguna macana que me mandaba y le decía que no era justo porque yo traía a la casa más plata que él. Eso me enorgullecía, claro, pero también me causaba bastante dolor que las cosas se presentaran de esa manera. Como el dinero no abundaba, los regalos que recibía en Navidad. eran cosas que necesitaba: una camisa, una camiseta de frisa, cosas por el estilo. Y a mí me daba mucho pudor no compartir la alegría de un juguete nuevo con los pibes del barrio. Por eso, a los ocho años me hice mi propio regalo de Navidad: el juego El estanciero. Me acuerdo que lo compré a escondidas y lo guardé para que mis viejos no lo vieran. El 25 a la mañana, cuando todos los chicos salieron a la calle a mostrar los regalos que les había traído “el niño Dios”, me aparecí con El estanciero. Estaba orgulloso porque había conseguido zafar de esa situación. Pero creo que en el fondo estaba triste.
Por esos días de 1959, León se sienta y hace algunas cuentas. Piensa que con el dinero que gana puede pagar, o al menos adelgazar considerablemente, las deudas cotidianas. Y concluye que con el sueldo de la vecina viuda está en condiciones de hacer su primera gran inversión, una apuesta que habrá de satisfacerlo en lo inmediato y será la piedra basal de lo que vendrá con los años. Se acerca entonces a Raciatti, Cusino y Crosetti, la tienda más grande del pueblo (vende ropa, artículos de ferretería, semillas, combustibles, alimentos, instrumentos musicales, automóviles), y compra una guitarra Calandria, que se propone pagar en siete cuotas de cincuenta pesos cada una.
Todo el trámite de la guitarra lo hice solo, por mi cuenta. Y cuando estaba todo cocinado, una noche mientras estábamos cenando, les dije a mis padres que me iba a comprar una guitarra, que ya había hecho las cuentas y que con lo que me pagaba la señora Matilde Raciatti iba a poder cumplir perfectamente con las cuotas. Al día siguiente, fui a buscarla. Como no me alcanzaba para comprar una funda, me la envolvieron en papel madera. Ni bien llegué a mi casa, me senté debajo del paraíso que había en el patio y me puse a tocar. Lo primero que hice fue sacar algunas melodías como “Si Adelita se fuera con otro”, una de las canciones que cantaba mi viejo, que en ese momento era la única referencia musical que tenía. Esa guitarra marca Calandria fue el primer contacto directo con la música y tiene el condimento adicional de haber sido el resultado de mi trabajo. Me siento orgulloso de que haya sido así, aunque las circunstancias no fueron una elección propia. En esa época verdaderamente no había dinero en mi casa, vivíamos en el borde del precipicio. A veces, la cena se componía de un único plato: sopa. Yo iba al colegio a la tarde y era una costumbre que los chicos llevaran algo para merendar. Los otros pibes tenían sándwiches de matambre o de mortadela, cosas que yo no podía comer. Mi mamá me preparaba un sándwich de miel, que consistía en dos rebanadas de pan y un relleno de miel en el medio, que supongo que la untaba para que no chorree. Me parecía realmente asqueroso, no lo podía comer. Pero como ya trabajaba, esperaba que pasara el vendedor de facturas y me compraba unas cuantas a través de la verja del patio de la escuela. Y me sentía un duque. Cuando iba con la bicicleta de reparto a entregar la carne, siempre que llegaba al bar Mayo me cruzaba con otro repartidor mucho más grande que yo (tendría unos dieciocho años y yo solamente ocho) que estacionaba su bicicleta afuera y se sentaba en una mesa a desayunar un café con leche con galletitas Express untadas con manteca y dulce de leche. En ese momento, para mí era como una comida de reyes, y lo envidiaba profundamente. De a poco, no sé por qué, empecé a imitarlo, a hacer las mismas cosas que él. Estacionaba la bicicleta de la misma forma que lo hacía él, me sentaba en una mesa y le pedía al dueño del bar lo mismo que pedía el otro, y cuando él se iba -que le decía “Chau, Riguetti”-, yo también me levantaba de la mesa y le decía “Chau, Riguetti”. Y me iba. Y así todos los días. Nunca se me ocurrió que tenía que pagar el desayuno. A fin de mes, cuando fui a cobrar el sueldo, Cavallero -el carnicero- me pagó muchísimo menos de lo que habíamos acordado. Cuando me explicó que me había descontado los desayunos que yo había tomado en lo de Riguetti no lo podía creer. Aunque era un pibe responsable y trabajador, había un montón de cosas que ignoraba.
La vida de los Gieco registra un acontecimiento de importancia el 7 de junio de 1958 con el nacimiento de Malvina. No sólo por lo que significa para León la llegada de una hermana, sino por los pequeños movimientos internos que el hecho provoca en la casa. León, que duerme en el cuarto de sus padres, gana la independencia al mudarse a la otra habitación -living, comedor y ahora también dormitorio-, donde comienza a soñar los más osados sueños, entre los que no faltan los artísticos. Y mientras empieza a recibir los primeros porrazos y las segundas caricias de la vida, Malvina parece crecer lentamente. Los siete años de diferencia no son una anécdota y ambos terminarán sabiéndolo.
Con Malvina nunca nos llevamos mal, para nada. Pero la diferencia de edad hizo que nuestras vidas fueran totalmente paralelas. No había puntos de encuentro más que el de pertenecer a una misma familia y de vivir en la misma casa. Debieron pasar muchos años -hasta la muerte de mi papá- para que nos encontráramos como dos personas de la misma edad. De chicos, los siete años que nos separaban de algún modo nos distanciaban. Sin embargo, siempre nos llevamos bien, nunca nos peleamos, yo siempre admiré sus posibilidades artísticas y su cuerpo privilegiado, que ella finalmente no pudo o no quiso desarrollar. De todos modos, la diferencia fundamental entre nosotros es que yo siempre tuve en claro que me quería ir a Buenos Aires y ella prácticamente no se planteó la posibilidad ni la necesidad de irse de Cañada. Lo único que lamento es que no haya potenciado algunas de sus habilidades. Pudo haber sido una gran artista, tiene unas manos únicas, hace cosas maravillosas. Pero eligió otra vida: se casó, tuvo hijos, trabaja y vive tranquila en el pueblo. Yo, en cambio, me fui a Buenos Aires dispuesto a hacer otras cosas, lo conseguí y estoy feliz de haber tomado esa decisión. Cuando murió mi viejo, compartimos con Malvina todos los trámites, nos ocupamos de todos los detalles y, fundamentalmente, nos acompañamos en el mismo dolor. La diferencia de edad, que siempre había tendido a separarnos, desapareció para siempre. Después de todo, fue una suerte habernos reencontrado.
La vida de León es multifacética. Se levanta de madrugada para estudiar o hacer la tarea escolar, trabaja en la carnicería, hace las diligencias para su vecina, va a la escuela, juega al fútbol a la salida de clase, toca la guitarra. En esa rara mezcla de juego y compromiso, León empieza a gestar una existencia de autoabastecimiento. Agrega, con el tiempo, otras actividades como vender las empanadas que Elda y su vecina Natalia Pachiotti cocinan cada domingo con sabiduría pueblerina, o comprar barras de hielo en la usina cercana para revenderlas en el pueblo con una ganancia mínima. Para transportarlo, León y su socio Gregorio, alias el Lacho, han fabricado un carrito con dos ejes, una tabla y ruedas de triciclo, una de las cuales siempre pierde la goma. Otro trabajo, más ocasional, es recolectar hongos y venderlos. León los junta con Armando, el Coco, después médico pediatra del pueblo. Mientras uno los levanta, el otro trata de espantarle los mosquitos de la espalda, que con la humedad se multiplican. Les han dicho que los hongos blancos y con un anillo son comestibles. No piensan en lo peligroso del negocio, pero sus clientes tampoco, porque se los compran sin problemas.
De esa época me acuerdo de las visitas que hacíamos con mi mamá a la casa de mi tía Rosa o a la de los Yacomino. Era increíble, porque tanto en un lugar como en el otro ella indefectiblemente se quedaba medio dormida mientras los demás hablaban. Lo que pasaba era que tanto mi tía como Yacomino se caracterizaban por hablar de una forma totalmente monocorde, era muy aburrido porque siempre hablaban de lo mismo. Yo, viendo esa situación que se repetía, no entendía para qué íbamos. También recuerdo muy claramente ese día que acompañé a mi papá, que manejaba un taxi, a llevar a un pasajero hasta Alicia, un pueblo que queda cerca de Las Varillas, ya en la provincia de Córdoba. Fue un viaje muy largo y pesado, no había pavimento, sólo ruta de tierra, y había que atravesar un cañadón polvoriento. Cuando llegamos, me compró un helado. Nunca lo olvidaré porque fue el primero que tomé en mi vida (muchos años después, por lo menos cuarenta, una vez que toqué en Cañada y enterados de esta anécdota, los de la misma heladería del pueblo, Alicia, me mandaron diez kilos de helado de regalo). Mi papá, con ese taxi, también llevaba gente al cementerio para el Día de los Muertos, cuando se estilaba pasar allí todo el día. Yo me sentía orgulloso de que tuviera tanto trabajo. No era una fiesta, sino una celebración. Mi mamá me decía: “Luli, dejen de jugar sobre la tumba de los nenitos muertos”. Se juntaba toda la gente del pueblo, llevaban flores y había puestos que vendían helados y Bidú Cola. Los grandes se juntaban a conversar y los chicos nos pasábamos todo el día jugando sobre las tumbas. Desde esa época es que me atraen tanto los cementerios. Cuando voy a mi pueblo nunca dejo de pasar por ahí, es como impedir que se borren de mi memoria las personas que conocí y que ya no están. Es un lugar que ejerce una gran atracción sobre mí. En la época de la Triple A, nos íbamos en el auto con Alicia, mi mujer, al Cementerio de la Chacarita a tomar mate, comer facturas y leer La Opinión. Era una manera de alejarse de los ruidos de la ciudad y de la violencia y el terror que había en todos lados. <

Anuncios
Posted in: Uncategorized