Olga Orozco nació el 17 de marzo de 1920 (una aproximación)

Posted on 03/17/2013

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La poeta y cuentista argentina Olga Orozco nació un 17 de marzo de 1920 en Santa Rosa de Toay (La Pampa). Perteneciente a la generación del ’40, estudió para maestra, oficio que jamás ejerció y ya en Buenos Aires, previo paso por Bahía Blanca estudió Filosofía y Letras. Escribió en la reconocida revista “Sur” y “Cabalgata y Anales de Buenos Aires”. También, en una de sus tantas facetas,  escribió los horóscopos para Clarín. Poseía muchos seudónimos y detrás de ellos escribía diferentes estilos.

Olga Orozco obtuvo muchos galardones en poesía y en 1998 recibió el premio del octavo concurso de Literatura Latinoamericana y del Caribe, Juan Rulfo.

Su obra tiene un componente dramático muy acentuado y la muerte y la soledad son los temas recurrentes de su obra, como así también las imágenes evocativas de la llanura pampeana están presentes en ella.

Murió en agosto de 1999.

Su obra

Desde lejos (1946) / Las muertes (1952) / Los juegos peligrosos (1962) / La oscuridad es otro sol (1967) / Museo salvaje (1974) / Veintinueve poemas (1975) / Cantos a Berenice (1977) / Mutaciones de la realidad (1979) / La noche a la deriva (1984) / Páginas de Olga Orozco (1984) (Antología con prólogo de Cristina Piña) / En el revés del cielo (1987) / Con esta boca en este mundo (1994) / También la luz es un abismo (1995) / Relámpagos de lo invisible (1998) (Antología) / Eclipses y fulgores (1998) (Antología) / Últimos poemas (2009) / El jardín posible (2009) (Antología con prólogo de Marisa Negri) /Poesía Completa (2012) (Adriana Hidalgo Editora)

Una poesía

Cabalgata del tiempo

Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente,
suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje,
la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria;
penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia
la misma alucinada realidad que hoy contemplo,
ya casi en la mirada;
repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos:
-Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz,
como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río.

Todo ha de ser en vano.
Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal
y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje,
atravesando siglos y siglos de penumbra,
de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí.

Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,
profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños,
sumirse bajo el verde sopor de las llanuras
o morir con la lluvia, tristemente,
entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.

Imposible. Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas.
Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos
ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte.
Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes
llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable.
Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados
que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas,
que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla,
agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad.
La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas.

Y nada queda en ti, corazón asediado:
apenas si un color, si un brillo mortecino,
si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros,
se pierden, a lo lejos,
bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.

 

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