LEONARDO FAVIO, EL BUQUE FARO, PARTE 1 Por Marcelo Gobbo

Posted on 11/06/2012

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Salvo en dos ocasiones, Leonardo Favio siempre supo cómo remar contra la corriente a la hora de comunicarse con su público. Yo no creo tener la misma suerte al escribir estas líneas. En parte porque ya se han escrito muchas líneas notables en diferentes medios; y en parte, también, porque la abundancia de testimonios y datos y opiniones vertidas en las horas posteriores a su muerte ha dejado una densa niebla de lugar común, de frase hecha, de repeticiones de datos mal escuchados, de pancarta mal escrita, que impide ver con claridad. Y también por la doble tristeza: por su muerte y por la niebla.

 

LA NIEBLA

Empecemos por lo de menor importancia: algunos ejemplos de la niebla.

Un diputado nacional, cuyo nombre nunca supe (por suerte), al ser entrevistado en vivo por el corresponsal de Radio Nacional en la Cámara de Senadores, acerca de la filiación de Favio con el peronismo, empezó a decir que era algo que era evidente porque había realizado el documental sobre Perón y por Crónica de un niño solo (¿ehhhh?) y después empezó a dudar hasta que, para su fortuna, se cortó la transmisión. Por supuesto, nunca habló de la cercanía entre ambos, no sólo ideológica sino también física, a punto tal de haberlo acompañado desde España en el charter que trajo temporalmente a Perón de regreso a nuestro país en 1972. Tampoco que fue la voz de Favio la que sonó desde el palco aquel nefasto 20 de junio de 1973, en Ezeiza: enrolado como conductor, quiso evitar que se masacraran entre sí los dos bandos del peronismo que pugnaban por el poder; fue en vano y acabó tirándose al piso y evitando la balacera que llovió sobre su persona; aunque aun así pudo salvar a un puñado de compañeros que estaba siendo torturados por policiales, compañeros con los que no comulgaba ideológicamente. Es posible que ese diputado desconociera estos datos. ¿Es posible?

Otro entrevistado, una persona de peso en la cultura nacional, señalaba su grandeza como director de cine exclusivamente por su filiación al peronismo. Otro, director de cine, le reconocía el mérito de sus dos primeras películas ninguneando al resto; y otro colega evitaba mencionar siquiera alguna de sus obras para tildarlo de “poeta del cine” (otro más y van), como se dice de cualquiera que es un “loco lindo”. Por supuesto, lo de “poeta del cine” le sirvió, después, a más de uno para emitir sus escuetas pero “sentidas” declaraciones.

Podría agregar varios ejemplos, pero no tiene sentido. Tampoco mencionar ahora un detalle sobre el que volveré más adelante.

 

LA MUERTE

No voy a escribir sobre su muerte. Tampoco tiene sentido. Voy a hacerlo sobre su vida o, mejor, sobre su obra, que es donde Favio vivirá de aquí en más hasta que el mundo se extinga.

Voy a saltearme su etapa de actor, ya que ni a él le interesaba, excepto por la vez que le dieron chocolate durante un rodaje, cuando estaba internado en el Hogar El Alba; tenía ocho años.

Con Leonardo Favio, el director, sucede algo atípico: a diferencia de lo que sucedió en Ezeiza, los dos bandos que hoy pelean por “la hegemonía del cine argentino” (a los que podríamos denominar los BAFICI y los Mar del Plata, en una burda generalización que por su imprecisión va a valerme más de una reprimenda) no ocultan su admiración por Favio o, en todo caso, no niegan su peso en la historia del cine argentino. Quienes rehusamos pertenecer a un bando u otro, tampoco.

Un comentario al margen: en el extranjero, los críticos de cine piensan que esa declamada admiración es una humorada argentina. Y esto se debe a que Favio, en especial en Latinoamérica, no es un director de cine sino un cantante; un cantautor, a lo sumo. Algo de lo cual Favio nunca renegó: siempre le gustó cantar, siempre reconoció sus limitaciones en esa faena y siempre admitió que fue su labor como cantante la que le dio de comer en el exilio.

Pero volvamos a Leonardofaviodirector y arranquemos con su primera película, primera también de su “trilogía blanco y negro”.

 

CRÓNICA DE UN NIÑO SOLO (1964)

Nada más lejano al cine argentino de entonces que esta película (con excepción de “Amorina”, de Hugo del Carril, y uno o dos títulos más). A cambio de diálogos imposibles, actuaciones impostadas, intelectuales desencantados y jóvenes aburridos, Favio propone la ventana al mundo de Bazin pero en clave personal en sus dos vertientes: la de la biografía y la de la cinefilia (y sobre esto último volveré sobre el final de estas líneas). Rupturista sin proponérselo, en “Crónica…” se mezclan Rossellini y Truffaut, lo cual no es un disparate, con Pasolini y Buñuel, algo que tampoco lo es, pero cuya mezcla en conjunto resulta, a primera vista, extraña, y, por supuesto, Favio, con una seguridad donde lo biográfico y lo cinéfilo se aúnan bajo una determinada forma de mirar.

Porque Favio inicia su carrera bajo el precepto de no hablar sobre lo que no se conoce y es ese conocimiento (carnal, vivido, sufrido) el “plus” que lo despega de las referencias. Pero también porque allí se encuentran, siquiera latentes, los “sellos de fábrica” del Favio de los dos primeros films de su primera trilogía*: esa sequedad (otros dirán, ascetismo bressoniano), esa mirada desentimentalizada, ese rigor para condensar en dos o tres tomas montadas de manera inexplicable toda una visión del mundo.

 

ÉSTE ES EL ROMANCE DEL ANICETO Y LA FRANCISCA, DE CÓMO QUEDÓ TRUNCO, COMENZÓ LA TRISTEZA Y UNAS POCAS COSAS MÁS… (1966)

No voy a repetir aquí lo ya dicho en Contra la fatiga del arte. Pero sí voy a agregar algo: a primera vista, sorprende la sobriedad de esta película en comparación con las dos primeras de la segunda trilogía de su realizador/autor, pero en un análisis más profundo descubrimos que toda la secuencia final, la del Aniceto intentando recuperar al gallo, sería, por utilizar una metáfora beatle de “Let It Be”, la “versión naked” de, por ejemplo, la “versión Phil Spector” de Favio en el final de Nazareno Cruz y el lobo. Una cruza entre ambas da como resultado su último largometraje.

 

EL DEPENDIENTE (1969)

El dependiente es una de mis películas favoritas y, en lo personal, una de mis dos preferidas de Favio.

Aquí ya se anticipa algo de su segunda trilogía pero contenidamente, tal vez porque carece de la exuberancia cromática de sus realizaciones posteriores.

Muchos han leído esta película en clave política (dirimiendo quién es Perón, quién Onganía en sus personajes), otros en clave biográfica (referida a los vínculos de Favio con el cine argentino y sus mentores) y es posible que todos tengan razón.  Pero más allá de estos debates, El dependiente es una pieza casi tan única como su otra cara de la moneda, la contemporánea Invasión, de Hugo Santiago, en la historia del cine argentino.

Los precisos travellings, la alternancia entre tragedia y comedia, los diálogos tan delirantes como escuetos y precisos, el manejo del fuera de campo, la descripción de la vida de pueblo (se me viene a la cabeza, espero que sepan disculpar la esquematización, Junín de los Andes), la tensión sexual, los personajes al límite de lo verosímil, la escena del gato, el hermano enclaustrado, ese blanco y negro bien contrastado, esos primeros planos al límite de lo soportable, todo ello sirve para, por un lado, recrear un universo donde lo circular y lo fatal se reconocen, y, por el otro, la mirada del creador se yergue sobre todo lo presupuesto y barre contra todo prejuicio, en una síntesis perfecta entre lo absolutamente personal y lo comunicable, en una obra que no envejece nunca y que, por el contrario, siempre parece rodada ayer.

 

JUAN MOREIRA (1973) y NAZARENO CRUZ Y EL LOBO (1975)

Moreira envejeció mucho mejor que la más taquillera Nazareno, pero el salto a la segunda trilogía de Favio es, por decirlo discretamente, desconcertante.

Con el paso al color, Favio pasa también a la asunción de su visión de lo mítico-nacional y, con ello, a su conquista de lo legendario-popular. Y en el hiato entre su trilogía anterior y esta se evidencia, además, la visión de mucho Leone y Fellini.

Juan Moreira es, sin duda, la que mejor sale parada de esta dupla, tal vez porque la dramaturgia de origen sirvió como freno para un probable descontrol. Porque es en este período cuando Favio comienza a dejarse guiar más por la intuición que por la planificación y donde empieza a apreciarse la cualidad de “desmesura”, de “desborde”, que Gustavo Malajovich mencionó esta noche en una entrevista que le hice por radio, y que él asoció muy atinadamente a la manera en que Favio abordaba sus interpretaciones musicales.

Fábula política, instalación del mito o adaptación del western a lo criollo, Moreira se sostiene por su proliferación de intrigas, su reelaboración de la Historia y esa puesta en escena que se anima a todo, además de un final antológico que es más recordado por su versión Alberto Olmedo que por el original, aunque de la música nadie se olvide.

Nazareno, en cambio, más allá de ser la película más taquillera del cine argentino, es la que más envejeció de todas las de su creador.  Su historia de amor es demasiado almibarada, no por argumento, sino por exceso de subrayado. La escena de Marcelo Marcote admirando la belleza de Marina Magalí pudo haber sido, en su momento, una extraña mezcla entre vanguardia y sensiblería; hoy resulta, simplemente, una cursilería insoportablemente repetida para ocupar el lugar de la música en la banda sonora. No hay dudas de que tiene sus momentos y que el final es bello, pero el nada autoconsciente kistch se impone sobre la mayor parte del metraje, fijando al film a una época y un gusto tan fuera de moda como indefendible.

 

SOÑAR, SOÑAR, (1976)

He aquí un dato más de “la niebla”. Casi todas las notas acerca de la muerte de Favio evitaron la mención de esta película. Que se trate de la menos taquillera de sus películas (estrenada a semanas del golpe de estado de 1976) podría servir como excusa por semejante olvido. Pero sospecho que los motivos son otros.

En mi opinión, con la cual, por suerte, muchos coinciden, se trata de la mejor película de Favio junto con El dependiente. Anverso y reverso de una misma idea.

Muchos la trataron peyorativamente de fellinesca, aunque nada en ella dé muestra de ese sello comercial-cultural del cual el realizador italiano sacó (mal) provecho en la última década de su filmografía.

Anticipación del desencanto que sobrevendría en ese mismo otoño de 1976 en el que se estrenó, muestra clara de precisión en la puesta y en el manejo de actores (Pagliaro y Monzón, con o sin ruleros, están magníficos), Soñar, soñar es ninguneada porque en la superficie no existen referencias políticas (¡ay, los miopes que buscan solicitadas en el cine, en lugar de películas!), aunque su discurso político-histórico esté allí,  y porque no resulta “útil” ni a los fines didácticos, ni a los partidarios, ni a los económicos (la película fue un fracaso en recaudaciones). Es tan inútil y tan útil como cualquier pieza artística que se precie, y a eso se le suma, además, la sensibilidad, el rigor, la ternura, el humor y la compasión de su hacedor.

Hay toda una lectura de la argentinidad en esa dupla de personajes (el ingenieri y el cabecita negra), y toda una declaración de emergencia en la escena de “Charlie” descubriendo que fue estafado al regresar borracho a su casa. Hay toda una sensación de fracaso que se cuela con cada secuencia y hay toda una visión del mundo en la escena en que Pagliaro intenta que Monzón aprenda cómo declamar su única línea para la película que va a rodarse y la posterior irrupción de la mujer en la ventana.

Es mi otra película preferida de Favio y una de mis favoritas del cine en general.

Hasta aquí, la primera parte de este texto. La segunda viene mañana.

 

 

*Nicolás Prividera, en un recomendable ensayo publicado en el blog de Roger Koza (un crítico al cual hay que prestarle siempre atención), Con los ojos abiertos (http://ojosabiertos.wordpress.com/), divide muy sensatamente las tres trilogías del cine de Favio. Discrepo con varias de sus conclusiones, pero sería la última persona del planeta en negarle a Prividera la lucidez con que expone sus puntos de vista.

 

 

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